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La CAN y la Alianza del Pacífico: estado actual y potencial estratégico para el próximo gobierno


Multilateralismo en crisis y reposicionamiento regional del Perú

En una entrada anterior se analizaba el nuevo auge del unilateralismo norteamericano en la región. Sin embargo, el resto del continente americano se ha caracterizado, a lo largo del siglo XX y del presente siglo, por un énfasis en el uso de plataformas multilaterales, tanto para la resolución de conflictos como para la consolidación de rivalidades intrarregionales.  

El Perú, al igual que la mayoría de los Estados latinoamericanos, posee una agenda exterior propia, ejercida dentro de la dinámica de alianzas políticas y organismos regionales. Dos de ellos han ocupado buena parte de la agenda regional peruana: la Comunidad Andina de Naciones (CAN) y la Alianza del Pacífico (AP). Otras plataformas regionales, tales como la OEA y la Organización de Estados Iberoamericanos, si bien son relevantes en la vertebración regional, carecen del grado de relevancia geopolítica de los casos mencionados. Por otro lado, APEC, pese a su potencial intercontinental, se halla todavía en un estado incipiente en lo que respecta a la proyección peruana, y su funcionalidad estratégica deberá confirmarse o descartarse en el mediano plazo.

De esta forma, la CAN y la AP representan las principales posibilidades del Estado peruano para proyectarse en el concierto internacional. Sin embargo, la dinámica regional e interna de los últimos cinco años ha debilitado en buena medida la agenda exterior de los Estados latinoamericanos, constreñidos por crisis estructurales internas que absorben los capitales políticos de los gobiernos. Tanto el NAFTA como el Mercosur y el ALBA, más allá de sus divergentes naturalezas jurídicas, se han visto afectados por las mismas fuerzas sociales y políticas que inciden sobre el Perú. Esto ha significado, en la práctica, la atomización de la región y, en el caso peruano, un retroceso en los esfuerzos previos por ejercer liderazgo regional en el Pacífico sudamericano.

La crisis política peruana iniciada en 2016, tras la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski, trascendió no solo en el grado de legitimidad del sistema político-electoral establecido tras el fin del fujimorato, sino que también afectó la economía nacional, desestabilizó la certidumbre de la inversión, impulsó el brain drain y redujo la capacidad del Perú para utilizar la CAN y la AP —ya debilitadas por crisis internas en Colombia, México y Chile— como instrumentos de desarrollo estratégico nacional. El fin del periodo Castillo-Boluarte y el breve interludio de José Jerí no constituyen únicamente un episodio más de la deriva política, sino que abre la posibilidad de un nuevo esfuerzo de política exterior para el gobierno que resulte electo en los comicios de 2026.


La Comunidad Andina de Naciones ante el fin del ciclo unipolar

El gobierno de Pedro Castillo se caracterizó por una nula capacidad de proyección regional. Incluso la Comunidad Andina de Naciones —en teoría, el instrumento de política exterior más cercano al utopismo andinista discursivo que caracterizó al régimen— fue relegada ante la inoperancia general del Poder Ejecutivo, acosado por crisis internas a las que no fue ajeno el Ministerio de Relaciones Exteriores. La presidencia pro tempore asumida por el Perú en 2022 apenas alteró esta tendencia.

Con todo, la llegada de un nuevo ciclo electoral abre posibilidades reales para dotar a la CAN de una funcionalidad renovada dentro de la estrategia regional peruana.



Capacidades vigentes y avances institucionales de la CAN

En primer lugar, se debe señalar que en el año 2024 los países de la CAN exportaron la considerable cantidad de US$ 165, 290 millones. Sin embargo, el volumen del comercio intracomunitario apenas llegó a los US$ 9,152 millones ese mismo año. Claramente, hay espacio para mejorar. No obstante, a pesar de la debilidad reciente, algunos avances merecen ser destacados. Luego, en el ámbito de la cooperación interna, pueden señalarse el impulso del Mercado Andino Eléctrico Regional de Corto Plazo (2023), la creación de la Plataforma de Interoperabilidad Comunitaria Andina (INTERCOM) para el comercio subregional, el acuerdo para la protección consular de nacionales de la CAN por consulados de cualquiera de los Estados miembros (2025) y la continuidad del Consejo Andino de Ministros de Relaciones Exteriores y del Consejo Andino Consultivo Empresarial.

En cuanto a la proyección extracomunitaria, debe mencionarse la consolidación de China como actor relevante del bloque regional mediante la obtención del estatus de país observador en 2025.

La CAN como instrumento de gestión estratégica de riesgos regionales

Como puede apreciarse, el potencial de la CAN subsiste pese a la crisis de los liderazgos. La complementariedad de las capacidades productivas de sus miembros, la cercanía geográfica y la similitud de los impactos derivados de los drivers globales y regionales —cambio climático, crimen organizado transnacional, debilidades en la gobernanza migratoria, entre otros— la convierten en el instrumento más confiable para la resolución conjunta de desafíos transandinos.

La ruptura del periodo unipolar obliga, además, al Estado peruano a buscar aliados regionales con los que mitigar los efectos de una transición, a todas luces traumática, hacia un nuevo paradigma geopolítico. En coyunturas específicas, la capacidad negociadora del Perú puede verse fortalecida de manera significativa mediante la acción conjunta.

Proyección extrarregional y oportunidades en el nuevo orden multipolar

El cambio de gobierno en 2026 conlleva también la posibilidad de restablecer el foro andino como instrumento de desarrollo nacional. Una nueva presidencia haría bien en diversificar los mercados externos más allá de China y del Norte Global. Los antecedentes exitosos de inversión peruana en Bolivia demuestran la capacidad de inserción del capital peruano en mercados vecinos.

Las oportunidades globales para una proyección andina son claras: el mercado indio demanda insumos para el proceso de industrialización tecnomilitar impulsado por el gobierno de Narendra Modi; ASEAN, Australia, Nueva Zelanda, la Unión Europea y el Consejo de Cooperación del Golfo han manifestado interés en un acercamiento a la región, aunque con distintos grados de intensidad.

Debilidades estructurales y riesgos de una integración mal calibrada

La CAN puede y debe prepararse para constituirse en un polo regional dentro de la nueva dinámica multipolar. Sin embargo, es imprescindible reconocer las debilidades estructurales de los Estados miembros —que pueden interferir en la consecución de objetivos colectivos— al momento de plantear una acción exterior conjunta. La legitimidad del régimen boliviano de Rodrigo Paz frente a enclaves cocaleros persistentes, la creciente inestabilidad en Colombia y la crisis de inseguridad en Ecuador y el propio Perú exigen mecanismos permanentes de mitigación conjunta.

Asimismo, el riesgo de confundir una política comercial común con una deriva proteccionista es real, máxime bajo la influencia del modelo del Mercosur. La existencia de tratados de libre comercio en Perú y Colombia impide considerar viable dicho enfoque, lo que obliga a buscar nuevos equilibrios internos.

La Alianza del Pacífico y el eje transpacífico peruano

Si bien la CAN se inscribe principalmente en la agenda sudamericana, la Alianza del Pacífico representa el eje de proyección transpacífica y continental por excelencia para el Perú. Su naturaleza como bloque político —y no como sujeto pleno de Derecho Internacional Público— le otorga una flexibilidad significativa en el entorno geopolítico hemisférico.

No obstante, esta misma característica, sumada a su adscripción al modelo de libre mercado, ha contribuido a debilitar al bloque tras el acceso al poder de regímenes políticamente adversos a dicho modelo en Chile, Colombia, México y, temporalmente, en el Perú.



Cambios de ciclo político y escenarios probables hacia 2026

Los cambios recientes —la victoria de A. Kast en Chile y el colapso del castillismo en el Perú— abren la posibilidad de un nuevo impulso para el bloque. Sin embargo, el continuismo de Claudia Sheinbaum en México y la incertidumbre electoral en Colombia constituyen escollos relevantes.

Incluso en Chile, el periodo kastista parece orientarse más hacia una geopolítica tradicional de alineamiento con Brasil que hacia una cooperación estratégica con el Perú, cuyos puertos compiten directamente con Mejillones. El año 2026 despejará buena parte de esta incertidumbre, aunque lo más probable es un desarrollo gradual desde una posición más débil que la del periodo fundacional.

La AP como plataforma hemisférica y transcontinental

Pese a ello, resulta imprescindible que el próximo gobierno apueste por una revitalización realista de la Alianza del Pacífico como bloque de coordinación y defensa regional del mercado. La adhesión mexicana al Mercado Integrado Latinoamericano (MILA) en 2014 demuestra el potencial de la AP como foro de política exterior y actor hemisférico, capaz de contrarrestar la influencia del ALBA y el predominio del Mercosur. Empero, este potencial geopolítico no se ha traducido al aspecto comercial, como lo demuestra la pérdida hacia el año 2023 de un 10% de su valor, reduciéndose de US$ 939.076 (2014) a US$ 840.002 millones. Igualmente, hay aquí un espacio para mejorías.

Luego, la proyección hacia Asia y Oceanía, así como el aumento de países observadores y candidatos a asociados —Canadá, Nueva Zelanda, Singapur y Australia—, confirman, a pesar de la crisis regional reciente, el potencial transcontinental del bloque. No obstante, esta proyección exige realismo y prudencia, en la medida en que buena parte de la acción estratégica de la AP se desarrolla en la cuenca del Pacífico, dominada por la rivalidad sino-estadounidense. Al igual que en el caso de la CAN, se impone la búsqueda de un nuevo equilibrio diplomático en el corto plazo.

Legitimidad interna, opinión pública y sostenibilidad de los bloques

Todos los Estados miembros de la CAN y la AP enfrentan dificultades estructurales agravadas por la crisis internacional reciente. La revitalización de ambos bloques requiere una mayor conexión con los públicos internos de cada país, condición necesaria para asegurar legitimidad y mitigar las acusaciones de elitismo. Asimismo, debe reconocerse la existencia de agendas divergentes en el corto plazo y la animosidad manifiesta de los gobiernos de MORENA y del petrismo.

En el caso peruano, la crisis generalizada de legitimidad institucional obliga a un enfoque centrado en la legitimación popular de ambos bloques mediante acciones simbólicas y de impacto tangible. El apoyo a los microexportadores bajo las banderas de la CAN y la AP debería retomarse como primer paso, junto con la facilitación del acceso al MILA.

Resulta igualmente pertinente promover programas de grado y posgrado “Alianza del Pacífico”, más allá del actual sistema de intercambios, así como instalar en el Perú una sede de la Universidad Andina Simón Bolívar, como parte del Sistema Andino de Integración. Fomentar la visibilidad de estos mecanismos y profundizar su arraigo social constituye una condición inicial indispensable para una política exterior seria y sostenible.

Conclusión: CAN y Alianza del Pacífico como pilares del reposicionamiento internacional peruano

El Perú necesita de la CAN y de la Alianza del Pacífico si aspira a ocupar un lugar adecuado en el nuevo orden internacional. La Comunidad Andina de Naciones puede funcionar como un ancla regional, en tanto que la AP presenta nuestra mejor posibilidad de proyección transpacífica. Ambas plataformas, correctamente articuladas, pueden constituirse en los pilares de una estrategia de reposicionamiento regional y global en un contexto de transición multipolar. 

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