Resumen
La crisis en Oriente Medio pone en riesgo las cadenas globales de suministro de combustibles fósiles. Perú, al ser un país en gran medida dependiente de las importaciones de petróleo, presenta una estructura productiva especialmente vulnerable en períodos de tensión en el mercado petrolero mundial. Este análisis destaca las debilidades estructurales de la economía peruana y propone alternativas estratégicas —tanto a nivel nacional como regional— orientadas a garantizar la soberanía energética del país, mitigar las consecuencias internas de la situación actual y fomentar la estabilidad geopolítica durante la reconfiguración del sistema internacional.
Abstract
The crisis in the Middle East threatens global fossil fuel supply chains. Peru, being a country largely dependent on oil imports, has a production structure that is particularly vulnerable during periods of tension in the global oil market. This analysis highlights the structural weaknesses of the Peruvian economy and proposes strategic alternatives—both at the national and regional levels—aimed at ensuring the country’s energy sovereignty, mitigating the domestic consequences of the current situation, and fostering geopolitical stability during the ongoing reconfiguration of the international system.
Аннотация
Кризис на Ближнем Востоке ставит под угрозу глобальные цепочки поставок ископаемого топлива. Перу, являясь страной, в значительной степени зависящей от импорта нефти, обладает производственной структурой, особенно уязвимой в периоды напряженности на мировом нефтяном рынке. В данном анализе отмечаются структурные слабости перуанской экономики и предлагаются стратегические альтернативы — как на национальном, так и на региональном уровне — направленные на обеспечение энергетического суверенитета страны, смягчение внутренних последствий текущей ситуации и содействие геополитической стабильности в период перестройки международной системы.
Agradecimiento
Se le agradece a Darya Pukala (Grado en Business Economics,Universidad Martin Luther de Halle-Wittenberg) por la traducción al ruso del resumen).
El Perú, como es bien sabido, es un país esencialmente importador de petróleo. Inclusive con la existencia de los yacimientos petroleros en el litoral norte (lotes II, IV, VI/VII, IX) y la Amazonía peruana (lotes 192, 8, 67, 64 y 39), nuestro país mantiene una deficiencia estratégica en el mercado global de combustibles. Es por eso que las disrupciones en los ejes petroexportadores se convierten en un riesgo tangible para la integridad del aparato de producción y consumo nacional. Ya durante los inicios de la Segunda Guerra del Golfo los mercados nacionales sufrieron las consecuencias de la volatilidad de los precios internacionales del combustible y es, sin duda, por eso mismo que los quiebres en las cadenas de suministro petrolífero de Rusia y el Medio Oriente se presentan como amenazas de gran calibre.
Ciertamente, el Perú no es un Estado cuyo consumo de petróleo dependa directamente de los países del Golfo Pérsico. Prudentemente, nuestro país diversificó las fuentes de importación, centrándose en Ecuador, Brasil, EEUU y Nigeria (Observatorio de Complejidad Económica, 2023; 2025). Esto no significa, sin embargo, que la cadena de suministros se encuentre asegurada. Diversificación exterior y seguridad energética no son automáticamente relacionables en el tablero geoestratégico. Lo que suceda en el Estrecho de Ormuz repercutirá en cualquier espacio geográfico.
Según los datos de la Administración de Información de Energía de los EE. UU. (2025), por este estrecho transita alrededor del 20 % del petróleo líquido que ingresa a los mercados mundiales. Más aún, casi el 84 % de este producto es adquirido por los mercados asiáticos, lo que explica en buena medida el llamado a la resolución diplomática por parte del gobierno chino.
Esta información esconde una serie de riesgos para la seguridad energética peruana que muchos no avizoran. El principal, sin duda, es el riesgo latente de que la correlación entre la distancia geográfica al centro global y el porcentaje de competidores por recursos esenciales se altere. En pocas palabras, unos mercados asiáticos ávidos de energía fósil buscarán, naturalmente, nuevos ejes exportadores. Los mercados de abasto peruanos pueden verse acaparados por economías con mayor capacidad de compra y mercados más rentables. Esto, que es una dinámica natural de la oferta y la demanda, amenaza con relegar nuestras capacidades productivas. Más allá de los contratos de Estado a Estado que garantizan cierto grado de predictibilidad, sería realista pensar que los Estados productores preferirán, en el mediano plazo, acercarse a los aparatos productivos de las potencias globales, como es su pleno derecho.
Si bien es cierto que la amenaza iraní de interrumpir la ruta de Ormuz es una carta geopolítica audaz y temible, no carece del todo de antecedentes, puesto que durante la guerra con Irak, los actos de sabotaje a cargueros enemigos en el estrecho se volvieron una táctica común. No está claro si el grado de presión externa sobre el gobierno islámico lo llevará a una maniobra que podría enajenar incluso a aliados del régimen. Con todo, cabe resaltar que la situación en Ormuz se vuelve cada vez más volátil, dada la ingente cantidad de amenazas que afectan a este territorio. La más grande, la iraní, es, sin embargo, la más cercana a un raciocinio estratégico-estatal: amenazar al resto para garantizar la supervivencia de su propia estatalidad. Más allá de la retórica, se trata de una posición tratable en los espacios tradicionales de la política mundial.
Otros actores, empero, ostentan diferentes tipos de racionalidad. Los grupos islamistas como Al-Shabab o los grupos splinter del Daesh, por ejemplo, pueden intentar actos de guerra económica y/o sabotaje a las infraestructuras críticas con vistas a afectar la economía global en clave terrorista. Precisamente, se sabe que las capacidades logísticas del primer grupo podrían incrementarse si consigue elementos tecnológicos iraníes. Un acercamiento entre los hutíes y Al-Shabab con este fin ya había sido denunciado recientemente (Carnegie Endowment for International Peace, 2025). Un régimen iraní acorralado será un caldo de cultivo para alianzas nada santas, incluso con grupos enemigos, con tal de reemplazar la “defensa avanzada” perdida en Líbano.
Si se trasciende el presente, lo más probable es que la situación actual estimule la proliferación de actores no estatales y grupos terroristas interesados en afectar la zona en el futuro. Independientemente de la coyuntura irano-israelí, estamos atestiguando la creación de una situación estructural con rasgos de permanencia prolongada.
Riesgos para el Perú
Un escenario como este se convierte en una espada de Damocles en el mediano plazo para economías emergentes como la peruana. Tanto una subida del precio del combustible como una posible escasez significarían un shock de gran intensidad para todos los sectores económicos. El escenario actual es muy diferente al de la crisis económica de 2008. En aquel momento, el precio internacional de los commodities alcanzó picos históricos y permitió la existencia de fondos con los que capear el temporal. En la actualidad, el ambiente operativo se muestra bastante distinto y la economía internacional, menos amistosa.
Una crisis petrolera externa implicaría una serie de crisis internas. Por un lado, el esperado encarecimiento del costo de vida afectaría gravemente a las familias peruanas y produciría una oleada de rechazo generalizado a las instituciones públicas incapaces de frenarla. El aumento de la precariedad laboral, la inflación o deflación, y el debilitamiento de los elementos formales como la recaudación de impuestos serían igualmente esperables. Gremios de transporte y agrícolas, directamente afectados, posiblemente encabecen movimientos de protesta en aumento logarítmico.
Las alternativas
Cabe entonces preguntarse por las alternativas estratégicas que el Perú posee para mitigar los riesgos de una crisis en una zona volátil sobre la que no tenemos influencia. Baste decir que Perú e Irán no tienen mayores relaciones y que el posicionamiento diplomático peruano dentro de los países del Consejo de Cooperación del Golfo es todavía débil.
Las posibles soluciones son varias, pero con un grado distinto de eficacia y sostenibilidad en el tiempo. El Gas Natural Vehicular, que actualmente hace funcionar al 20% del parque automotor peruano, se presenta como una alternativa en el corto plazo, por lo que conviene estudiar su expansión. Sin embargo, la disponibilidad del gas para estos fines colisiona directamente con las necesidades de exportación y con las capacidades logística y de producción.
Una visión a largo plazo debe decantarse por alternativas energéticas que garanticen la soberanía y la sostenibilidad (que son familiares cercanos). Las principales alternativas son, en este caso, la utilización de la energía eléctrica para la funcionalidad vehicular y la expansión de proyectos de energía solar, eólica y marítima. El Perú posee en esto una ventaja clara, pues el superávit eléctrico existente gracias a nuestra orografía nos permite convertirnos en un hub energético regional, pero sobre todo con vistas hacia el mercado interno.
La implantación de un sistema de conducción eléctrica nacional cuenta con la ventaja de que ya el 99 % de la población urbana tiene acceso al servicio eléctrico (Energia.pe, 2024). Sin embargo, la concentración de la producción eléctrica en el centro del país causa una desigualdad en el acceso en zonas periféricas. Así, la solución del déficit energético rural (13 % sin acceso) es un paso necesario previo. La reconversión al sistema de transporte eléctrico puede, a su vez, desarrollar mercados nacionales de ingeniería y mantenimiento, permitiendo que pequeñas y medianas empresas se sumen al proceso en sus diferentes etapas.
Por otro lado, la energía eólica, así como la solar, deben también ser fomentadas, pues si bien su producción ha aumentado en un 47 % en el último año (MINEM, 2025), sigue siendo mínima con apenas 5-7% del mercado. Junto a estas, es necesario fomentar la producción de energía mareomotriz, una gran desconocida en el país. Esto permitirá liberar energía eléctrica del uso doméstico y canalizarla hacia el transporte e industrias. Conviene entonces promover la creación de clusters energéticos y desarrollar un marco legal regulatorio con visión prospectiva. Se requerirá desarrollar estrategias de cooperación y transferencia de conocimientos con los Estados del G20, la Unión Europea, la APEC y los BRICS, pero de tal manera que la cooperación no afecte nuestra soberanía ni reduzca considerablemente nuestro margen de maniobra. El financiamiento internacional deberá ser adecuadamente negociado en este mismo cariz.
A manera de conclusión
No es aceptable que una crisis en la otra mitad del mundo desarticule el sistema productivo peruano. El déficit en energías renovables es una amenaza a la seguridad nacional peruana.
Para ello se necesita planificar desde ya, con visión a futuro, estratégicamente y en alianza con los sectores privados y socios internacionales, un desarrollo de infraestructura crítica que sostenga un modelo de soberanía energética con el que mitigar los impactos externos y defender la producción interna de los eternos riesgos de desabastecimiento que nos acechan cada vez que algo se dispara “allende los mares”.
Queda mucho que decir sobre este tema. Las ramificaciones económicas en los mercados objetivos de las exportaciones peruanas, especialmente China, son también una dimensión mayor del problema. Igualmente, los mecanismos de integración energética regional presentan también una arista que requiere una atención especial del Estado peruano. Con todo, queda claro que acelerar la transición energética es la mejor alternativa en el mediano plazo para el país.

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