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Resumen
Este
texto propone que la plata es un mineral estratégico esencial en la competencia
global por el poder y que el Perú puede aprovechar su posición como megaexportador
para consolidar su posición geopolítica a través de una asociación estratégica
con países de la Alianza del Pacífico. Igualmente, se propone que el
potencial argentífero peruano puede usarse para desarrollar las capacidades
industriales externas internas en tecnologías estratégicas. Con esto, se puede
transformar la capacidad productiva peruana en poder estructural.
Agradecimiento
Se agradece a Darya Pukala (Grado en Business Economics, Universidad Martin Luther de Halle-Wittenberg) por su invaluable apoyo en la verificación de los datos económicos y por la elaboración de los recursos gráficos utilizados en este estudio, así como por la traducción al idioma ruso de la versión resumida y el diseño de las portadas en la presente versión y en el documento PDF adjunto.
La
plata, mineral estratégico
Las
nuevas dinámicas geopolíticas globales se caracterizan por la ruptura del orden
unipolar y el intento, por parte de los Estados en competencia, de consolidar
distintas esferas de influencia con las que alimentar sus cadenas de
suministro. Esta competencia por recursos ha sido señalada ya por diferentes
autores tales como Waltz y Mearsheimer, así como Blackwill y Harris (2016), en
su análisis de las tendencias geoeconómicas históricamente recientes, o Farrell
y Newman (2019), al referirse a la forma en que los Estados buscan controlar
flujos estratégicos en lo que denominaron weaponized interdependence.
Los
casos de las tierras raras, el litio y el galio, disputados por EE. UU. y China
en distintos puntos del globo, son conocidos en los diferentes foros
especializados por la condición única de los elementos en cuestión. Sin
embargo, este interés creciente por minerales exóticos ha soslayado la función
de otros minerales tradicionales como el oro y, en este caso, la plata, en la
encrucijada geopolítica contemporánea. La función de la plata como elemento de
manufactura industrial, de desarrollo tecnológico y, especialmente, como parte
esencial de las industrias bélicas en un periodo de disputas violentas por el
poder mundial la convierte en un recurso de interés estratégico para los países
productores a gran escala y para su relacionamiento con las dinámicas
geoestratégicas venideras. La demanda militar por este mineral apunta a
convertirse en una razón para una posible escasez en el mercado y de las
variables en su alza de precios (The Jerusalem Post, 2024; Finneseth, 2024).
Para
el Perú, tercer productor argentífero mundial, la relevancia de la minería de
plata significa tanto un riesgo como una posibilidad geopolítica. La creciente
presencia china como destinatario de la producción minera peruana y el reciente
giro hemisférico de Washington desde el hard power colocan al país en
una situación compleja en el nuevo tablero continental. Este ensayo sostiene
que la plata constituye un recurso estratégico subestimado en la rivalidad
sinoestadounidense y que el Perú no ha sabido traducir su capacidad minera en
poder estructural.
La funcionalidad de la plata: de reserva bancaria a driver
geopolítico
En
la historia económica de los minerales, la plata se caracterizó por ser
especialmente útil como instrumento de reserva por parte de los bancos hasta
mediados del siglo XIX, momento en el que la preferencia por el oro como
material de reserva empezó a consolidarse en el uso bancario. Desde entonces,
su utilidad se limitó en buena medida al valor suntuario hasta mediados del
siglo XX. Precisamente, una de las razones para la reinserción industrial del
producto argentífero se dio como parte del esfuerzo militar durante la Segunda
Guerra Mundial, cuando el Proyecto Manhattan, dirigido por Oppenheimer, se vio
en la necesidad de utilizar 14.700 toneladas de plata para fabricar bobinas de
imanes en los calutrones de Oak Ridge.
Esto,
lejos de ser un caso aislado dentro de una coyuntura especial, sería el primer
atisbo de la nueva funcionalidad del metal en la carrera nuclear y por el
control del orden mundial en general, como quedaría rápidamente demostrado en
el uso de componentes de plata en el Sputnik 1, lanzado al espacio en 1957 por
la Unión Soviética. La plata se había convertido, de esta forma, en un material
crítico para las agendas geopolíticas de las grandes potencias y para la
industria de defensa. Sus propiedades de conductividad eléctrica y térmica, su
resistencia a la corrosión, su reflectividad y sus propiedades antibacterianas
la convirtieron en un elemento indispensable de las reservas industriales de
los Estados hegemónicos en búsqueda de proyectar su poder.
Pronto,
componentes de este metal empezaron a usarse en cohetes, misiles, torpedos,
bombas, proyectiles, tanques, submarinos, sistemas de radar, satélites, jets de
combate, lentes de visión nocturna y aparatos de comunicación. Abarcó cada
segmento de la defensa y lo hizo, además, en un periodo de competencia global
agudizada.
El
fin de la Guerra Fría no alteró la relación entre las industrias militares y
las cadenas de suministro globales del mineral, sino que estas se
reconfiguraron siguiendo el nuevo panorama geopolítico internacional. La
Segunda Guerra del Golfo, la lucha mundial contra el terrorismo y, sobre todo,
la competencia geopolítica entre Estados Unidos y una China
hiperindustrializada han significado un desarrollo competitivo de la
producción, tanto civil como militar, en el que el abastecimiento de plata
sigue siendo esencial. Así, el metal encuentra un lugar en las nuevas fronteras
de la seguridad nacional. La seguridad energética, por ejemplo, ha llevado a
Pekín a invertir masivamente en energía verde (rubro que en 2025 significó un
aumento del 90 % en inversiones), destacándose la construcción de paneles
solares, cuyos electrodos utilizan cantidades ingentes de plata.
Asimismo,
la competencia por el dominio espacial —oficializada simbólicamente por la
constitución de la United States Space Force en 2019— requiere de este
recurso para el funcionamiento de transistores; los centros de datos para uso
de la inteligencia artificial, cuyo empleo por las fuerzas armadas es cuestión
de tiempo, lo necesitan por su alta conductividad; los drones, cuyo uso
generalizado por los ejércitos del mundo se observó tanto en Medio Oriente como
en Ucrania, se benefician de su capacidad para disipar el calor e impedir la
interferencia electromagnética (The Wesex Mint, s/f).
A
ello debe sumarse la aparición de nuevos centros de poder tecnoindustrial
global como India (que cuenta con un exitoso proyecto aeroespacial nacional),
México o Brasil, que compiten con el bloque euroamericano y sus aliados en Asia
y el Pacífico. La decisión rusa de invertir $535 millones para abastecer sus
reservas de plata es claramente una señal del renovado rumbo estratégico que el
metal recorre en la actualidad (Christensen, 2024).
Las complicadas cadenas de suministro globales en un mundo
multipolar
Si
bien el uso de la plata con fines industriales es una necesidad transversal
para el funcionamiento de los Estados contemporáneos y su posicionamiento
global, el acceso a ella está condicionado por la logística de un oligopolio
minero internacional. México, con 6.000 toneladas, se erige como el principal
productor mundial, seguido por China, con 3.400 toneladas; en tercer lugar,
Perú, con 3.100 toneladas, y Chile, con 1.500 toneladas, completan el podio (The
Gold House, 2025).
En
la coyuntura actual de rivalidad sinoestadounidense, esto significa una alta
competencia en espacios limitados. Pese a las relaciones restrictivas entre EE.
UU. y México, este sigue siendo el principal proveedor de plata, con un 45 %-50
% del total del mercado estadounidense, seguido por Canadá (15 %-20 %), en
tanto Turquía, Polonia y Chile completan el cuadro (Banco Mundial, 2023). Si
bien resultaría reductivo usar la perspectiva del Estado unitario cuando la
mayor parte de las mineras son actores privados guiados por intereses
comerciales inmediatos, en lugar de agendas geopolíticas propias de las élites
estatales, se puede notar claramente la trascendencia del sistema de alianzas
internacionales como foro de acción logística. Todos los socios comerciales de
Washington son aliados tradicionales: Corea del Sur (clave en Asia Oriental),
Polonia y Canadá (OTAN) y Chile (aliado regional sudamericano), además de un
vecino cercano como México (parte del NAFTA). La carencia de reservas propias
obliga a Washington a contar con un pool estable de proveedores.
China,
por su parte, enfrenta su propio dilema. Si bien es el segundo mayor productor
mundial, la necesidad de industrializar una sociedad de 1.200 millones de
habitantes coloca una presión mayor sobre las reservas internas, por lo que el
suministro debe complementarse con importaciones de socios externos. La
magnitud de este esfuerzo llevó al país a ser el destino del 89,05 % de los
minerales y concentrados de plata producidos globalmente (GTAIC, 2026).
La
inclusión del Perú en la Belt and Road Initiative es el principal
impulso para dotarse de este activo industrial. Ya en 2024 el Perú exportó a
China 822,783 toneladas de plata por un valor de US$ 2.173.940,65, superando las
306,786 toneladas mexicanas, las 133,896 toneladas bolivianas y las 65,731
toneladas rusas, entre otros (Banco Mundial, 2024). Al igual que EE. UU., la
dirigencia china apela a una red de socios construida en sus propios espacios,
primando aquellos ignorados por Washington o con intereses inmediatos
divergentes.
El
acercamiento a México es una señal de que el mercado centroamericano es más
complejo de lo que Washington desearía. Más aún, la existencia de mineras en
EE. UU. que exportan al mercado chino es una señal del avance geoeconómico
global de Pekín, así como de la dificultad de armonizar intereses entre Estados
y empresarios. En cualquier caso, el giro continental del periodo Trump/Rubio
implica un mayor riesgo de confrontación geopolítica sobre los proveedores
americanos de China. El grado de intensidad de la rivalidad entre ambos
Estados, del que la producción industrial-militar es una
dimensión, se proyecta como una tensión glocal en aumento.
Si
bien en la actualidad no existe un intento global de securitización del
suministro de plata —tal como sí sucede con las tierras raras y el galio—, la
posibilidad de que en un futuro próximo se produzcan esfuerzos en esa dirección
por parte de los bloques en competencia debe considerarse como un escenario
realista. Es precisamente este temporal geopolítico el que deberá navegar el
Perú.
La posición peruana en el mercado argentífero global
La
trayectoria de la producción de plata en el Perú hunde sus raíces en la
historia de las civilizaciones prehispánicas y se insertaría posteriormente en
los periodos virreinal y republicano como parte de la economía mineral
tradicional del país. Con todo, los alcances macroglobales de la producción
argentífera nacional carecen de impacto en dos sectores geoestratégicos clave:
el desarrollo de una industria nacional y la consolidación de una proyección
internacional estable. Se puede afirmar, entonces, que las capacidades
materiales no se han traducido en capacidades estructurales para el proyecto
estratégico nacional.
Es necesario, por tanto, empezar
por un diagnóstico estratégico de la situación de la producción nacional de
plata. En este sentido, destacan dos fortalezas esenciales: la capacidad de
incidencia en el mercado global debido a la condición de productor de del 15%
del total mundial de plata (Hidayat, 2026) y poseer las mayores reservas
globales, con 140.000 toneladas métricas (Liguid, 2025); y, en segundo lugar,
la posibilidad de que la producción nacional se inserte en cadenas de
suministro tanto chinas —facilitadas por la presencia del puerto de Chancay—
como estadounidenses, dada la ubicación del país en el continente americano. Esto
último punto es de especial interés, en tanto que el Ministerio de Energía y
Minas reporta que el aumento de las exportaciones de plata tiene como principal
destino a China, que adquiere el 85, 9% del total (Cruz, 2026; El Machete,
2026), lo que presenta un riesgo estratégico de dependencia que conviene
gestionar.
Distribución de capitales en la minería argentífera peruana
Por
su parte, la estructura de capitales mineros en el rubro presenta tanto
posibilidades como complicaciones estratégicas. Así, para el año 2025, del 51%
de la gran producción minera en suelo peruano, solo puede hallarse una reducida
cuota peruana, representada por Buenaventura (10,7%) y Ares (5,2%), esta última
de propiedad del grupo Hochschild. El resto de este segmento está constituido
por capitales extranjeros: Antamina (13%), de propiedad de un consorcio
internacional; Volcan (5,9%), perteneciente a un consorcio argentino; Southern
(5%), del Grupo México; así como Chinalco (6,5%) y Las Bambas (4,1%), de
capital chino (Energiminas, 2025).
La
posibilidad de establecer un diálogo geopolítico por parte del Estado peruano
se ve condicionada por la diversidad de actores externos, algunos de ellos
naturalmente vinculados a sus respectivos centros de poder, como Chinalco y Las
Bambas. Intentar securitizar la producción de este segmento produciría
fricciones tanto internas como externas, con ramificaciones económicas
negativas (aumento del riesgo país, fuga de capitales y litigios ante el
CIADI), así como una secuencia de tensiones diplomáticas con el potencial de
perjudicar otros proyectos estratégicos, como el desarrollo del puerto de Corío
y perturbar Chancay.
Sin
embargo, el 49% de la producción minera, llevada a cabo por pequeños y medianos
capitales, representa una posibilidad de mayor calado para la intervención
estratégica del Estado peruano. Ciertamente, se trata de capitales con menor
alcance que los previamente citados y que podrían beneficiarse de un contacto
más cercano con el Estado en aspectos logísticos e infraestructurales. Es en
este segmento donde la posibilidad de alianzas público-privadas permitiría una
mayor incidencia de la planificación estratégica nacional.
Estas
alianzas podrían servir como catalizador para generar mayores grados de
coordinación en el acceso a mercados externos y en la articulación de una
acción público-privada en coyunturas específicas que fortalezcan la posición
estratégica peruana como actor con voz propia dentro de la geopolítica de los
mercados globales de plata. Esto, asociado a propuestas diferenciadas para
atraer grandes capitales dispuestos a colaborar (por ejemplo, beneficios
impositivos limitados a cambio de cooperación en fines geopolíticos
específicos), constituye un primer peldaño para la gestión adecuada de los
puntos anteriormente citados.
Posibles mecanismos de coordinación externa
Un
mayor grado de cooperación público-privada entre el Estado peruano y las
empresas mineras facilitaría convertir ese 10%–15% del mercado global ocupado
por el Perú en un posicionamiento geoestratégico real dentro de una cadena de
suministro crítica en el actual periodo de reposicionamiento multipolar.
Un
primer paso en esa dirección se ve facilitado por la posición peruana como
miembro de la Alianza del Pacífico junto a México y Chile. Las cifras en este
aspecto son claras: la producción combinada de los tres países representa
alrededor del 40% del mercado global, una ventaja estratégica que justifica una
cooperación regional estrecha (Times of India, 2025).
Este
esfuerzo requiere tanto voluntad política como mecanismos complejos de
coordinación entre los diferentes actores relevantes. La Alianza del Pacífico
presenta ventajas como espacio facilitador de una política regional conjunta,
debido a su naturaleza flexible y a la existencia de mecanismos de integración
previamente establecidos, tales como el Mercado Integrado Latinoamericano
—quizá su antecedente más exitoso— y, sobre todo, el Consejo Empresarial de la
Alianza del Pacífico, que facilita la interacción entre agentes privados de los
países miembros.
La
existencia de estos antecedentes permite plantear la creación de un mecanismo
de acción conjunta en materia argentífera. El establecimiento de un organismo
similar a la OPEP —adaptado, no obstante, a una competencia global de carácter
comercial más que ideológico— permitiría la negociación conjunta en mercados
globales, la complementariedad de cadenas de suministro, la mejora de las
posibilidades de inversión minera interregional y la consolidación de empresas
multilatinas en el sector. Tanto las administraciones públicas como los
sectores empresariales podrían beneficiarse, en el mediano plazo, de la
creación de un clúster minero de capitales peruanos, chilenos y mexicanos.
A
pesar de estas posibilidades, como todo proceso de integración, no resulta
realista planificar la consolidación de esta política regional en el corto
plazo. Se trata, en toda regla, de una política pública regional que demandaría
largos periodos de diseño, implementación y seguimiento. Ello requerirá
incentivos permanentes y un proceso continuo de gestión de fricciones internas,
sin descartar posibles presiones externas contrarias a este esfuerzo. El manejo
político será esencial, pero la iniciativa de un Estado miembro—de
ser posible, el Perú— sigue siendo el punto de partida.
La geografía, entre dos imperios
La
posición peruana en el mapa presenta ventajas competitivas y estratégicas para
el establecimiento de una geopolítica de la plata. El Perú se ubica en la
intersección de dos espacios de poder en competencia. En la visión estratégica
del Pentágono y del Departamento de Estado, el continente americano constituye
un hemisferio propio en el que la supremacía de Washington representa una
condición estructural que no tolera desafíos. Para la élite política china, por
otra parte, el Perú es un Estado proveedor de materias primas esenciales para
su desarrollo industrial.
El
margen de maniobra peruano dentro de esta rivalidad se ve ampliado por la
existencia de redes de transporte que le permiten proyectarse hacia ambos
núcleos o dar preferencia temporal a alguno de ellos. Así, la cercanía al Canal
de Panamá y el corredor bioceánico permiten una exportación argentífera hacia
el Atlántico, conectando con la costa este de los EE. UU., Europa e incluso
Brasil. Asimismo, el puerto de Chancay posibilita una conexión directa con el
mercado chino, mientras que la costa oeste estadounidense —sobre todo Silicon
Valley— y el Indo-Pacífico constituyen espacios naturales de proyección para la
plata peruana.
La
geografía, convertida en herramienta estratégica, favorece un posicionamiento
geoestratégico del Perú como potencia argentífera sin necesidad de alinearse de
manera automática con alguno de los dos bloques competidores.
Búsqueda de mercados externos
Se
requiere también la exploración y consolidación de nuevos mercados externos
para la plata peruana. Si bien el 85,9 % de la plata exportada en 2026 se
dirigió a China y solo un 3,8 % a los EE. UU. (Rumbo Minero, 2026), conviene
diversificar destinos.
La
India, con su creciente potencial industrial y su necesidad de minerales
estratégicos, así como Rusia, Corea del Sur (que ya adquiere el 2,8 %) y
algunos países de Europa Central, pueden constituir espacios interesantes para
la inserción de la plata peruana. Asimismo, resultaría estratégico formalizar
convenios de investigación y desarrollo (I+D) orientados a la utilización
industrial avanzada de la plata.
Desarrollo industrial interno
Con
todo, si se pretende que la producción de plata se convierta en un valor
geoestratégico, el enfoque no puede centrarse únicamente en la dimensión
exportadora. Una necesaria dimensión local debe permitir traducir la posición
en el mercado internacional en una matriz de desarrollo de las cadenas de valor
internas, con énfasis en la generación de industrias civiles sostenibles y de
defensa. De esta forma, se podrá capturar en el mercado interno el valor
agregado que en la actualidad se desarrolla únicamente en el exterior.
Un
primer punto debe ser la facilitación de la obtención local de plata refinada,
evitando que el concentrado —la etapa intermedia del procesamiento— se exporte
como subproducto de vetas polimetálicas de cobre y zinc. Esto aumentaría el
margen de negociación internacional y facilitaría la consolidación de una
industria local.
Para
ello es necesario, ya sea por iniciativa pública, privada o público-privada,
promover la construcción de más refinerías que permitan procesar el producto
polimetálico. La limitada capacidad instalada peruana en este ámbito debe ser
remediada como política de Estado, incluso si ello requiere un gasto inicial
elevado (considerando que una instalación al estilo de La Oroya podría costar
alrededor de US$ 1.200 millones, mientras que refinerías menores pueden
alcanzar los US$ 80 millones). La diversificación productiva, una adecuada
regulación ambiental y el aprovechamiento de las fuentes de energía
hidroeléctrica existentes en la cordillera de los Andes facilitarían la
construcción de estas infraestructuras, que convendría, además, considerar
legalmente como infraestructuras críticas.
Este
eslabón permitiría luego el desarrollo de joint ventures industriales
con terceros países tecnoproductores interesados en asociarse con un productor
global de plata y que, además, no ocupen posiciones centrales en el eje
geopolítico dominante, tales como Alemania, Francia, Corea del Sur e incluso
Japón. Ello brindaría al Perú un mayor grado de autonomía en la
industrialización local de la plata que si esta se realizara exclusivamente con
capital estadounidense o chino.
La
consolidación de estas capacidades internas facilitaría la producción de
tecnologías esenciales en la coyuntura climática actual, especialmente
generadores fotovoltaicos y componentes industriales, que podrían emplearse
tanto en el mercado interno como en la exportación. Asimismo, contribuiría a
reducir los déficits energéticos en regiones amazónicas y altoandinas, las
cuales podrían desarrollar industrias endógenas de pequeña escala. También
podría favorecer la construcción de centros de datos, útiles tanto para
empresas globales como para la gestión del Estado peruano.
En
paralelo, entidades como CONCYTEC, universidades como la UNI e institutos como
SENATI, así como las facultades de disciplinas STEM, podrían beneficiarse
directamente mediante el desarrollo de líneas propias de investigación y
desarrollo en favor de la ciencia y la sociedad locales.
La
industria de defensa peruana también se vería beneficiada por un nuevo balance
argentífero internacional. Las posibilidades de desarrollo autónomo de
tecnologías de drones y de componentes interoperables con los sistemas
actualmente utilizados potenciarían la capacidad disuasoria de las Fuerzas
Armadas frente a amenazas externas e internas.
Recomendaciones
iniciales
Una
verdadera geopolítica de la plata requiere de una planificación y ejecución que
trascienda el cortoplacismo y se convierta en una política de Estado. Esto
requiere un análisis y proyección temporal segmentada.
En
el corto plazo (1-2 años) se requiere sondear plenamente el 100% de las
capacidades instaladas de producción y refinación existentes en el país y
plantear un acercamiento a actores relevantes en el proceso por parte del Poder
Ejecutivo. El Ministerio de Energía y Minas se yergue como el ente natural para
desarrollar esta labor. Así, se podrá establecer una agenda de colaboración con
los gremios mineros, especialmente, la Sociedad Nacional de Minería para
plantear mesas de trabajo que se extiendan para incluir a otros stakeholders
claves, tales como el Ministerio de Relaciones Exteriores, la PCM y el CEPLAN.
En
un mediano plazo (3-5 años) se requiere de una reforma regulatoria que facilite
la multiplicación de las plantas de refinación en espacios estratégicos. Esto
debe hacerse en paralelo a una labor de gestión de la licencia social y en
permanente comunicación con los gobiernos regionales y locales. Es en este
plazo que debe comenzarse la construcción de plantas de refinación en las
regiones del sur peruano (Apurímac, Cuzco y Moquegua) con apoyo del
financiamiento público, de ser necesario y tras asegurar la viabilidad
hídrico-ambiental de las mismas. Igualmente, es entonces cuando conviene consolidar
el acercamiento con los socios potenciales de la Alianza del Pacífico (Chile y
México) para coordinar estrategias conjuntas multinivel en los espacios
públicos y privados. Esta labor debe estar dirigida por el Ministerio de
Relaciones Exteriores con la asesoría permanente de especialistas en mercado
minero global. Un énfasis en la diversificación de mercados debe ser una labor esencial
en este periodo para reducir la dependencia china.
Finalmente,
en el largo plazo (5-10 años), es necesario empezar a traducir la capacidad
productiva en desarrollo local y posicionamiento estratégico global—que son dos
caras de la misma moneda. Un incentivo a los procesos de industrialización,
preferentemente en alianzas público-privadas, debe llevarse a cabo incluyendo a
los organismos locales (CONCYTEC, Ministerio de Industria, academia, sector de
la defensa, y gremios empresariales). Al mismo tiempo, en el rubro exterior, se
debe consolidar en este periodo un organismo de cooperación tripartito entre
México, Perú y Chile para garantizar una posición global estratégica.
Conclusión
Un
primer análisis de la situación de la plata peruana permite identificar
oportunidades para institucionalizar una geopolítica estratégica del mineral.
Esta política potenciaría diversas fuerzas nacionales, desde la industria y la
defensa hasta la cooperación internacional, fortaleciendo el posicionamiento
del Perú en el volátil contexto multipolar actual y ampliando su margen de
maniobra global. Es necesaria una política pública integral que reduzca la
brecha entre capacidad productiva y poder estructural, aprovechando la plata
como recurso estratégico para la industrialización y la defensa y la
competencia global por este mineral. Todo ello requiere planificación a mediano
plazo, sostenida y preferentemente peruana, que coordine esfuerzos regionales
en asociación con México y Chile. Esto consolidaría al Perú como actor
geoestratégico clave en las relaciones internacionales contemporáneas que se
van constituyendo actualmente en un mundo fragmentado y permitiría una mayor
estabilidad que mitigue la incertidumbre del nuevo escenario multipolar.
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