La reconfiguración obligada del orden regional ha significado el retorno de la geopolítica más cruda al debate público en América Latina, en tanto que el Perú se ve inmerso en una situación a la vez estratégica y delicada. Un complicado lustro geopolítico se cierne sobre el país y resulta necesaria una acción estratégica.
El retorno de la
geopolítica dura
En su obra clásica World Order,
Henry Kissinger aludía a la coexistencia de distintos niveles de orden en el
sistema internacional, cada uno con diferente escala y trayectoria histórica. Cada Estado negocia
su posición externa en una dinámica compleja —y en ocasiones brutal— en la que
las élites nacionales proyectan poder más allá de sus fronteras. El Perú, como
país latinoamericano que combina potencialidades geoestratégicas evidentes
(ubicación geográfica, diversidad de recursos) con fragilidades internas de
origen histórico, se ve obligado a posicionarse internacionalmente considerando
ambas dimensiones. De ahí que las transformaciones del entorno regional tengan
efectos potencialmente inestables sobre su política doméstica.
En ese sentido, los cambios
experimentados en Sudamérica durante la última década exigen un enfoque
geopolítico cuidadoso y una estrategia fina que permita atenuarlos y/o
adaptarse a ellos. Estas mutaciones tienen su raíz en el ocaso de una realidad
global específica: el American World Order. La transición hacia un
sistema multipolar produjo, en Sudamérica, un grado inusual de neutralidad
geopolítica, poco frecuente en la historia de las relaciones internacionales.
Sin embargo, dada la creciente demanda de recursos estratégicos por parte de
Estados Unidos, resultaba previsible que su repliegue global terminara
afectando su entorno inmediato, como ocurrió con la proyección rusa en las
exrepúblicas soviéticas tras la disolución de la URSS.
Desde Washington se observa hoy
un esfuerzo deliberado por consolidar un orden hemisférico que compense la
pérdida de influencia en escenarios estratégicos recientes, particularmente en
Medio Oriente. Este propósito ya se manifiesta en acciones concretas, como el
episodio panameño vinculado al control logístico chino del canal, los retornos
forzados de migrantes y el deterioro de las relaciones con Canadá, México,
Colombia y Dinamarca-Groenlandia. No se trata de eventos aislados, sino de una
lógica estratégica ejecutada de manera consciente y sistemática. El hard
power ha reaparecido en el vocabulario continental: amenazas arancelarias y
referencias explícitas al uso de la fuerza militar se incorporan al nuevo
léxico regional.
La captura de Maduro: una
coyuntura crítica continental
El episodio de Nicolás Maduro
presenta características particulares dentro del escenario continental
reciente. Aunque las agencias de inteligencia estadounidenses cuentan con un
largo historial de injerencias en América Latina, estas solían materializarse
mediante mecanismos indirectos antes que a través de intervenciones militares
abiertas. Incluso la captura de Manuel Noriega en Panamá, en 1989, respondió a
un patrón relativamente acotado desde el punto de vista geopolítico. En
contraste, la acción contra el régimen venezolano se desarrolló en un contexto
de elevada tensión regional marcado por el avance de la presencia china, la
crisis migratoria venezolana, la expansión transnacional del crimen organizado
(Tren de Aragua), la actividad de los cárteles de droga y los remanentes en
declive del chavismo regional.
La confluencia de estos fenómenos
—frente a los cuales los Estados latinoamericanos se muestran ineficaces,
indiferentes o directamente conniventes— ofrece a la actual administración
estadounidense una ventana de oportunidad para legitimar su renovada política
hemisférica apelando a la seguridad nacional. Estos factores, además, tienen
consecuencias directas en el ámbito interno de Estados Unidos: al tradicional
flujo de cocaína desde el triángulo Perú-Colombia-Bolivia se añade el ingreso
de fentanilo desde América Latina, con 73.838 muertes por sobredosis
registradas en 2023; paralelamente, organizaciones criminales ejercen violencia
en territorio estadounidense y la inmigración proveniente de países en crisis
genera un rechazo significativo en amplios sectores del electorado. En términos
formales, se trata de inquietudes que cualquier Estado consideraría legítimas.
No obstante, más allá de la
discutible consistencia política de dichas justificaciones, estas amenazas
permiten catalizar una estrategia geopolítica orientada a restaurar la
supremacía continental estadounidense. Así como durante la Segunda Guerra
Mundial se impulsó la Política del Buen Vecino y en la Guerra Fría la Alianza
para el Progreso y la Operación Cóndor, la actual coyuntura —asociada a la era
Trump/Rubio— apunta a un retorno explícito a la coerción.
La caída del líder venezolano
—cuyo desenlace en una prisión estadounidense era previsible incluso antes del
fraude electoral chavista— tiene efectos directos sobre aquellos países
latinoamericanos donde se incuban riesgos para los intereses percibidos por
Washington. Maduro no solo encabezaba un régimen acusado de vínculos con el
narcotráfico, sino que representaba la conducción política de un Estado
convertido en plataforma de influencia china en la región. A ello se suman las
concesiones petroleras otorgadas a Pekín, que restringían el flujo de crudo
hacia Norteamérica en un contexto de creciente inestabilidad en Medio Oriente
por la confrontación entre Israel e Irán. Las acciones emprendidas contra el
régimen chavista —liderado de facto por los hermanos Rodríguez— constituyen, en
consecuencia, una señal inequívoca para los países que se desalinean de la
agenda regional estadounidense.
El Perú entre Washington y
Pekín
El Perú se sitúa hoy en un
espacio geopolítico particularmente delicado. La presencia china en el país es
de carácter estructural: entre 27.877 y 38.000 millones de dólares en inversión
extranjera directa representan más del 20 % del total, mientras que cerca del
34 % de las exportaciones peruanas —estimadas en 79.000 millones de dólares
para 2025— tienen como destino el mercado chino. A ello se suma la construcción
y operación del puerto de Chancay por parte de la empresa COSCO, al norte de
Lima, lo que introduce una modificación sustantiva en el equilibrio geopolítico
del Pacífico Sur en favor de China. En el plano comercial, la relación
bilateral resulta hoy indispensable para la estabilidad macroeconómica y el
desarrollo del país. En ese marco, es improbable que la presión del ala más
conservadora del Partido Republicano altere significativamente la orientación
comercial peruana. La separación entre ideología y comercio sigue siendo un
rasgo persistente de la élite nacional.
Surge entonces la interrogante
sobre cómo debe vincularse el Perú con la nueva estrategia regional de Estados
Unidos. Resulta claro que no desde una postura abiertamente antichina. Tampoco
parece probable que Washington impulse acciones de cambio de régimen,
especialmente cuando el horizonte electoral de 2026 apunta a la consolidación
de un gobierno conservador y promercado en Lima. Las señales hacia el Perú
parecen orientarse más bien hacia una lógica de competencia y equilibrio.
En este marco, la competencia se
manifiesta en el intento de debilitar la principal plataforma logística china
en el país: Chancay. Un eventual gobierno de Antonio Kast en Chile implicaría
un alineamiento explícito con Estados Unidos, facilitando una coordinación
estratégica destinada a disputar el rol del puerto peruano, concebido
originalmente como nodo de salida para la producción brasileña. Dadas las
dificultades geográficas andino-amazónicas y las limitaciones de
infraestructura existentes, no puede descartarse una alternativa chilena que
articule corredores viales a través de Argentina y/o Bolivia hacia el puerto de
Mejillones. Todo apunta a la conformación de esquemas de competencia regional
en el corto y mediano plazo.
El equilibrio interno peruano,
por su parte, se articula mediante acciones más puntuales pero de alto impacto.
Destaca la presencia de personal militar estadounidense en territorio nacional,
con un fuerte componente simbólico y disuasivo. A ello se suma el acuerdo para
invertir 1.5 billones de dólares en la modernización de la Base Naval del
Callao, lo que asegura una presencia militar y logística estadounidense en un
enclave clave para el comercio internacional, ubicado a apenas 80 kilómetros de
Chancay.
Así, la posición del Perú se
mantiene deliberadamente ambigua dentro del tablero regional. El ascenso
gradual de China desde la era de Hu Jintao se produjo en una región relegada
por Washington, concentrado entonces en Afganistán e Irak. La nueva coyuntura
exige una respuesta estratégica y diplomática capaz de adecuarse a las
condiciones actuales.
Un primer paso consiste en
asegurar que la competencia estadounidense frente a Chancay se desarrolle
dentro del territorio nacional. El postergado puerto de Corio, en Arequipa,
debería proyectarse como un hub logístico respaldado por capitales estadounidenses,
permitiendo que los flujos de inversión y los procesos intermedios permanezcan
en la economía peruana. En paralelo, resulta clave reactivar las negociaciones
con Brasil para profundizar la interconectividad binacional mediante la mejora
de las carreteras interoceánicas y el desarrollo sostenible de corredores
ferroviarios.
Más allá del plano comercial, el
dilema es eminentemente político. Una estrategia orientada al equilibrio
sinoestadounidense aparece como la opción más racional. La designación del Perú
como aliado de la OTAN constituye una señal en esa dirección, aunque el estado
actual de la alianza atlántica limita su confiabilidad como instrumento de
acercamiento a Estados Unidos en el mediano plazo. En cambio, una diplomacia
económica enfocada en atraer inversión estadounidense en sectores emergentes
—centros de datos, investigación y desarrollo, industrias ligeras— permitiría
profundizar la relación bilateral sin tensionar los vínculos con China, cuyos
proyectos industriales en el país siguen siendo secundarios frente a su interés
minero. Por su parte, Pekín difícilmente buscará una confrontación directa y
probablemente optará por una estrategia de mediano plazo, a la espera de un
nuevo ciclo presidencial estadounidense.
En consecuencia, el gobierno que
asuma en 2026 deberá impulsar tempranamente una diplomacia orientada a
construir un equilibrio estratégico entre Washington y Pekín, no desde la
subordinación, sino desde el aprovechamiento inteligente de las oportunidades
que ambos polos ofrecen. En buena medida, el rumbo del Perú en los próximos
cinco años dependerá de la capacidad para sostener ese delicado balance.
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